Economía, ruralidad y coronavirus

Por: Juan Pablo Ruiz Soto | Abril 21 de 2020

La destrucción de cuencas,  la deforestación, el cambio climático, el coronavirus y su relación con la contaminación (L. Setti et al., 2020), así todos parezcan ser problemas que solo importan a “ambientalistas radicales”, en realidad son parte integral de nuestra dinámica socioeconómica. Es claro que necesitamos una economía diferente si queremos construir un futuro socialmente más justo, armónico y ecológicamente viable. Es urgente que pensemos como país lo que nos está pasando y qué podemos cambiar después de la pandemia.

Sobre el futuro socioeconómico, hay varias opciones que podrían prevalecer o mezclarse. Si no hay una adecuada intervención estatal, la cuarentena puede llevar a profundizar las grandes diferencias sociales con clara ventaja para los grupos más ricos. No se puede excluir una violencia generalizada y un levantamiento desordenado y sangriento de la población hambrienta. Otra opción es el inicio de una profunda transformación de la sociedad que la haga más solidaria y donde, conservando las motivaciones individuales y la propiedad privada, la producción esté determinada por los intereses sociales. Desde luego, esto también requiere una acertada intervención del Gobierno.

Si bien para el mediano plazo hay opciones diferentes, en el corto la prioridad del Estado (gobierno y sociedad civil) debe ser asegurar durante la cuarentena y en la etapa posterior el mínimo vital de la población vulnerable, condición necesaria para evitar el caos social. Adicional y como requisito para gestionar una nueva dinámica socioeconómica, la violencia contra los líderes sociales y ambientales se debe erradicar. Para frenarla, el Gobierno debe establecer una alianza con la sociedad y ser más eficaz. Y, de modo más general, para generar confianza entre Gobierno y sociedad civil hay que frenar la corrupción y esto exige generar mecanismos eficaces de supervisión ciudadana al gasto público.

La cuarentena y los riesgos de la pandemia nos han forzado a entender qué es lo realmente necesario y vital. Si actuamos de forma razonable, deberíamos pensar que para construir un mejor futuro debemos concentrarnos en producir lo esencial y evitar la devastación ambiental y el calentamiento global. Como dice Simón Mair en su artículo “¿Cómo el coronavirus cambiará el mundo?” (marzo, 2020): “Lo que necesitamos es una mentalidad económica diferente. Tendemos a pensar en la economía como la forma en que compramos y vendemos cosas, principalmente bienes de consumo. Pero esto no es lo que una economía es o necesita ser. En esencia, la economía es la forma en que tomamos nuestros recursos y los convertimos en las cosas que necesitamos para vivir”.

Hoy sabemos que la concentración en grandes ciudades y la contaminación favorecen las pandemias. Aprendimos que para muchos es posible trabajar desde la casa y que el campo es un buen lugar. Si mejoramos la infraestructura en educación y salud en el campo y pequeños poblados, podemos gestionar una verdadera descentralización. En el regreso al campo, no se puede desplazar al campesino. Los neorrurales deben ser neocampesinos: producir comida, restaurar ecosistemas para proteger las cuencas, reforestar y fortalecer la agricultura orgánica.

La cuarentena nos ha ayudado a revalorizar al campesino como productor de comida y a la ruralidad como forma y espacio para un mejor vivir. La crisis nos señala que debemos orientar más recursos al campo, gestionar la seguridad alimentaria y disminuir fuertemente la desigualdad de oportunidades entre la ciudad y el campo.

Publicado por El Espectador https://www.elespectador.com/opinion/columnistas/juan-pablo-ruiz-soto/economia-ruralidad-y-coronavirus-column-915815/

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